ACTUALIZACIÓN DE ENTRADAS (05-IX-2017)

Ruta teatralizada renacentista por Ávila



La actividad se basaba en una representación teatral de personajes del Renacimiento español por la ciudad de Ávila. Los alumnos que han intervenido en la actividad han sido los integrantes de 4º de ESO del Colegio Milagrosa-Las Nieves y los de 1º y 2º de ESO del Colegio Pablo VI.
El objetivo general de la actividad era la compresión del periodo histórico del Renacimiento. Además, se buscaba el conocimiento en Historia de los diferentes grupos sociales de la Sociedad Estamental del siglo XVI, de las principales personalidades de la época, sobre todo abulenses, y de los principales monumentos de la ciudad; y en Religión de los momentos relevantes de la historia salvífica y las verdades de fe formuladas en el Credo, de la universalidad y apostolicidad de la Iglesia, y de figuras de la Iglesia destacadas por su autoridad, servicio y testimonio.
La metodología empleada para el desarrollo de la actividad ha sido colaborativa y multidisciplinar, ya que intervinieron tres profesores de los departamentos de Ciencias Sociales y Religión de ambos colegios. De esta forma, los profesores redactaron los textos de los personajes y los alumnos los representaron caracterizados con disfraces propios y de los colegios.


Tríptico informativo, texto de los personajes y plano de la distribución por la ciudad:


Blasco Núñez Vela: las conquistas y la alta nobleza

Me llamo Blasco Núñez Vela y junto a mi mujer, Doña Brianda de Acuña, mandé levantar este palacio renacentista, tal y como podéis leer en la inscripción situada encima de la puerta. Fui descendiente de una rica y poderosa familia de la nobleza castellana, pero fue como primer virrey de Perú como he pasado a la historia ¿Sabéis lo que era un virrey?. El virrey era el representante personal del Rey de España en alguno de sus dominios territoriales y, por tanto, el encargado de impartir justicia, administrar el territorio o velar por la evangelización de los indígenas, en el caso de los nuevos descubrimientos. Pues bien, a mi me correspondió el honor de ser el primero de los más de 40 virreyes que gobernaron Perú entre los siglos XV y XIX en nombre de la monarquía española. Fue el emperador Carlos I de España y V de Alemania quien me nombró en este cargo y en el año 1544 ya me encontraba en Perú para cumplir mi cometido. Pero mi estancia allí fue corta y terminó de forma dramática. Los españoles en América habíamos cometido no pocos excesos y el maltrato entre la población indígena fue frecuente. Enseguida se levantaron voces que denunciaban aquellos excesos y así, el emperador Carlos, impulsó nuevas leyes que procuraran un mejor trato a la población indígena. Mi cometido en Perú sería el de implantar estas nuevas leyes. Pero aquél territorio se había convertido entonces en un avispero en el que los propios conquistadores españoles se habían enredado en una guerra entre ellos. Muchos no estaban dispuestos a perder privilegios ni a aceptar las nuevas leyes. Y en aquellas disputas, en la batalla de Iñaquito, contra los seguidores del conquistador extremeño Gonzalo Pizarro, hermano del famoso Francisco Pizarro, fui herido y cobardemente decapitado en el campo de batalla. Mi cuerpo fue traída hasta Ávila y descansa dentro de una capilla en este palacio, donde tan gratas horas pasé contemplando las luces del atardecer sobre el valle, junto a mi esposa Doña Brianda.


Sancho Dávila: el héroe de los tercios

Soy Sancho Dávila y Daza. Nací en 1523, dos años después de finalizada la rebelión Comunera contra el emperador Carlos I. Mi padre, de hecho, fue uno de los  destacados comuneros abulenses. Paradójicamente, años después, yo me distinguiría por los hechos armas al servicio, primero, del emperador, y más tarde de su hijo el monarca Felipe IIPertenecía a la baja nobleza de esta ciudad, a ese grupo conocido como los Hidalgos, muchos de los cuales nos labrábamos el futuro como soldados. Yo, sin embargo, antes de dedicarme a estos menesteres, a punto estuve de hacerme religioso, pero un astrólogo en Roma me aseguró que si me alistaba en el ejército gozaría de fama y dinero. No se equivocó aquel astrólogo italiano. Cambié “el incensario por la espada” y pronto mis hazañas militares, me aseguraron renombre y un sueldo digno, aunque no fue nada fácil. Los tercios españoles eran entonces el ejército de infantería más poderoso y temido del mundo y, por desgracia, no eran pocos los frentes en los que teníamos que intervenir: En Italia contra los franceses, contra los turcos y piratas en el Mediterráneo, contra los protestantes en Alemania, contra los rebeldes flamencos en los Países Bajos.... Participé en numerosas batallas, en algunas de las cuales me distinguí por mi valor, lo que me granjeó el apodo del “Rayo de la Guerra” así como la confianza de algunos de los más altos dignatarios españoles de la época, como mi amigo, el famoso y a veces implacable Duque de Alba, o el mismísimo monarca. ¡Qué paradojas tiene la vida¡ Después de recorrer medio mundo y luchar en mil batallas, después de sobrevivir al frío y al hambre, después de soportar no pocos agravios, fue la coz de un caballo, mientras miraba cómo le herraban, la que me provocó la muerte a los 60 años de edad. Aquí, en la capilla mayor de esta iglesia está mi sepulcro junto al de mi esposa. En el epitafio podréis leer, si vais con tiempo y gustáis de conocer vuestro pasado, aquellas mis hazañas que encumbraron mi nombre y de esta ciudad.


España durante los siglos XV y XVI


Sean bienvenidos sus excelencias, a lo que tiempo atrás fue una hermosa sinagoga y corazón de una bulliciosa judería y hoy una vil morada en un barrio semiabandonado. Me llamo Samuel de Ávila, estoy casado y he tenido 6 hijos de los que, gracias a Dios, han sobrevivido 3, soy súbdito de su alteza imperial el Rey de España, y un buen y practicante cristiano. Gracias a mi bachiller por la Universidad de Salamanca me he convertido en un próspero mercader de lana en la ruta entre Ávila-Santander-Flandes, lo que me ha permitido disfrutar de una buena posición económica. Pensarán sus excelencias, por lo tanto, que quién les habla posee todo lo necesario para ser feliz, ¿no?. Sin embargo, les debe reconocer que no estoy de todo satisfecho con mi exitosa vida, ya que mis vecinos se muestran recelosos a mi paso, me desprecian con sus miradas y cuchicheos, y llegan hasta insultarme cobijados en las sombras de noche. Marrano, sus excelencias, me llaman marrano, ¿estoy lleno de mierda?, ¿tengo orejas u hocico de cerdo? o ¿gruño en vez de hablar?, noooooooooo, claro que no. Y lo más escandalosos es que este infame trato se debe que hace unos años yo practicaba la religión judía y ahora la cristiana. Sus excelencias deben comprender que esto no es culpa mía sino de los Reyes Católicos que tan saaaaaaaabiamente decidieron insinuarnos que los judíos de sus reinos debíamos elegir entre la conversión al cristianismo y el exilio; y claro, uno tiene familia y bienes que no puede desatender y abandonar de cualquier forma. Por consiguiente, como ya habrán adivinado yo y mi familia, como tantos otros como Luis Vives o Fray Luis de León, optamos por abrazar la fe cristiana, pero estos miserables se consideran mejores de yo por ser “cristianosviejos” cuando todos somos hijos de Dios y, por supuesto, cristianos. Nunca les he dado motivos para desconfiar de mi buena fe, aunque no coma cerdo o no suela trabajar los sábados, pero debe haceros saber que esto se debe a que ese alimento me sienta mal y dicho día no hay mercado y jamás por preservar la Ley judía. No obstante, os debo reconocer que algunos amigos más temerosos de Dios actúan según la Ley judía como anusim, es decir, forzados, aceptando y practicando públicamente la fe cristiana, pero observando en su intimidad las costumbres y religión judía. Estos malintencionados comentarios no me importarían mucho sino fuera porque siempre anda rondando la Santa Inquisición, para la que una simple acusación anónima significa una prueba de culpabilidad y podría llevarme a la hoguera por judaizante. Por último, los infelices se han inventado los variopintos “Estatutos de limpiezade sangre” con los que tratar de prohibir el acceso a los “cristianos nuevos”, es decir, a los conversos, a los cargos públicos y religiosos, cuando no saben que gracias a mis conocidos y mi dinero podría comprar cualquier cargo que desease, e incluso podría, si quisiera, mandar hacer a mi gusto una genealogía inmácula para pasar por sangre limpia.


El campesino y mendigo


Una limosna, galantes caballeros y dulces damas, por caridad cristiana, una limosna…. una solitaria blanca de su repleta bolsa o un mendrugo de pan negro. [agitando y ofreciendo un cestillo de forma desorientada] ¡Oh! Caritativos visitantes de este________, os ruego que halléis un resquicio de comprensión en vuestro amable corazón para escuchar mí sin par relato, de cómo pasé de pechero labrador honrado, a sufrido jornalero y miserable y pobre ciego. 15 años atrás, yo era conocido en la comarca por Don Germán y me dedicaba a trabajar el campo. Aunque sometido en teoría a un señorío, era un hombre libre que poseía algunas tierras, aperos de labranzas y reses de ganado. Con el sudor de mi frente obtenía una generosa cosecha de la que tras la cesión de la mitad a modo de impuestos al señor, el rey y la Iglesia, me permitía una vida holgada y un cierto ahorro. Ante el imparable aumento de la población de Ávila y las consiguientes expectativas de aumento de negocio me animé a ampliar la superficie de producción y empecé a comprar y alquilar nuevas tierra, para lo que no bastó mi fortuna y tuve que pedir dinero prestado un usurero converso. Sin embargo, mi buenaventura se fue desmoronando con una serie de malas cosechas, por el empeoramiento del tiempo, y el aumento progresivo de los impuestos, por las incesantes guerras europeas, propiciando que no pudiese hacer frente a mis deudas. Por si esto fuera poco los nobles se apropiaron de las imprescindibles y tradicionales tierras comunales, proporcionadotas de salvado leña y pasto, unas veces comprándolas a la Corona y otras usurpándolas vilmente. De esta forma, lo perdí todo y pasé a trabajar tierras ajenas como jornalero por un salario miserable prefijado por los ayuntamientos en las infames “tasas de jornales”. Finalmente, un día mientras segaba se desprendieron unas piezas de sílex de la guadaña y me dejaron ciego e inválido. Como bien proclama la Santa Madre Iglesia todos los hombres desempeñan un papel en la armoniosa obra de Dios: los caballeros defienden, los sacerdotes rezan, los siervos trabajan, y gracias a la virtud teologal de la caridad los ciegos mendigan. Así, hasta el ciego dispone de un medio de vida para aplacar un hambre que afecta al 10% de la población urbana. He oído por ahí, que algunos eruditos dicen que personajes como yo somos muy necesarios, ya que si estuviéramos cómo podrían los poderosos ejercer la caridad y granjearse así la benevolencia de Dios. No obstante, hay días que con la simple caridad no puedo sobrevivir por lo que he ideado mañas mil como las de poder profetizar el sexo de los niños de la embarazadas, elaborar ungüentos curativos o interceder por un generoso pecador ante Dios con las más de 100 oraciones que se recitar de memoria. [suspiro de resignación] Este pliego que me entregaron por Pascua de Resurrección es lo que en el fondo me da la vida, la cédula que me legitima mendigar en esta villa y a 6 leguas a la redonda. Fíjense, fíjense bien, este documento con mi nombre, lugar de nacimiento y dirección, y firmado por el párroco de la iglesia de_________ y por la autoridad civil, demuestra que soy un mendigo oficial y no un ocioso o un pobre de vicio y que tras estar confesado y comulgado tengo en derecho a rogarles una limosna. Finalmente, si nada funciona y no consigo bocado que llevarme a la boca siempre puedo acudir los Hospitales y a las Casas de Misericordia a comer la paupérrima y al mismo tiempo salvadora sopa boba.


Santa Teresa de Jesús

Soy la Madre Teresa de Jesús. Nací en Ávila en 1515, un año antes de la muerte del rey Fernando el Católico. Mi vida discurrió durante el siglo XVI, época en la que se desarrolló el arte del Renacimiento. Ese siglo, junto al XVII fue uno de los períodos más ricos y esplendorosos del arte español y que ha pasado a la historia como el Siglo de Oro, durante el cual  la literatura, artes plásticas,  música y la arquitectura alcanzaron en nuestro país un esplendor inigualable. Fue Ávila uno de los centros urbanos más activos y populosos de la Corona de Castilla, y en ella también surgieron magníficos artistas como el músico Tomás Luis de Victoria, del que por cierto, se cumple este año el 4º centenario de su muerte, o poetas y escritores como mi amigo San Juan de la Cruz, o, modestia aparte, una servidora. Y es que toda mi vida giró en torno a Dios, a cuya glorificación dediqué las principales actividades de mi vida: la escritura y la fundación de conventos que propagaran por España la orden de las Carmelitas Descalzas, fundada por mi cuando tenía 47 años. Y precisamente nos hallamos delante del primer convento que fundé allá por el año 1562, si no recuerdo mal. Habéis pasado delante de él mil veces pero ¿ habéis reparado alguna vez en su belleza?. La iglesia, que es un poco posterior a la fundación del convento, la hizo uno de los mejores arquitectos del estilo renacentista español, estilo que llamamos “herreriano” en honor del principal arquitecto de El Escorial, Juan de Herrera. El autor al que me refería fue Francisco de Mora, quien también colaboró en el Escorial y en 1607, por la devoción que tenía hacia mi persona, empezó esta iglesia que será imitada en toda España como prototipo de la arquitectura carmelita. Como veis es sobria en formas y en decoración, pero maravilla su sencillez y su armonía. fiel reflejo de mi espíritu reformador y también del decoro formulado por la iglesia católico en el Concilio de Trento que, como sabéis, se dio en este mismo siglo XVI. Id con Dios y recordad, cada vez que por este lugar paséis, que ya podéis mirar con nuevos ojos, más calmos y eruditos, esta casa de Dios.


Música sobre Santa Teresa



En Madrigal de las Altas Torres llegase yo al mundo un 22 de Abril de 1451. Allí mis padres se casaron y yo pase gran parte de mi infancia. Y aunque de familia de reyes provenía pobremente vivía. Mi padre ya fuese, a mi madre la razón dejo perturbada. Y mientras mi hermano Enrique IV el trono ocupaba, yo buenamente gobernaba mi casa, pues mi madre y mi hermano pequeño Alonso de mi tarea necesitaban.  Al tiempo a Arévalo en camino nos pusimos. También en Ávila, fría, árida, tierra de cantos y de santos, dicen los refranes. Vosotros bien lo sabéis, sobretodo lo del frío ¿verdad? Porque hoy frío hace un rato [depende del tiempo] Aun así mucho tiempo no pase aquí pues sin verlo venir, mi hermano, el Rey, que por su corona temía, sin más razón a mi hermano y a mí con él nos llevaría. En Segovia estaba su hogar y desde ese momento mi desconexión con Ávila sellada quedaría.  Pero Castilla no abandonaría y hasta el final de mis días castellana me sentía, pregúntenle sino a mi marido Fernando, Rey de Aragón, que cuando conseguimos ocupar el trono de Castilla y Aragón, mi amor por Castilla prevalecía a cualquier discusión. Siempre me he considerado afable, llena con todos, con una generosidad inagotable y con un amor incondicional hacía mi señor, mi Dios, mi Todo Poderoso, que me guiaba en los momentos más tormentosos y que a pesar de ser Reina me dotó de una piedad y un corazón sensible a todos los dolores. Por eso, Ávila, esta ciudad que me vio crecer nunca olvidé y cuando me enteré que nuestro secretario y tesorero, Hernán Núñez Arnalte falleció antes de comenzar la construcción de este edificio, a disposición pusimos nuestros maravedíes, moneda que utilizábamos en aquel entonces, para que Torquemada y Doña María Dávila continuaran con la construcción del Monasterio de Santo Tomás. Así intervinimos en la edificación de la iglesia, que como bien sabéis serviría para el sepulcro de, mi hijo, el príncipe Don Juan. También participamos en la construcción de los 2 claustros: el del silencio y el de los Reyes, este último convirtiéndose en nuestro Palacio de Verano. Y cuando mi hora empezó a llegar, no dudé en volver a mis orígenes y mientras pasaban los días de otoño de Castilla, donde por todos los Santos ya está la nieve en los campos, el cierzo aullaba en los torreones de la Mota, llegado el día 26 entre las once y las doce del día, más cerca de las doce, a Dios entregué mi alma.




Buenos días, amables peregrinos, dudo que hayáis oído hablar de mí demasiado. Muchos abulenses conocen poco sobre mi vida, a pesar de que soy doctor de la Iglesia... Dejadme que os cuente algún detalle... Soy el "medio fraile" al que tanto cariño tenía Santa Teresa, éramos tan buenos amigos... ¿Conocéis ya quién soy? ... Mi nombre de nacimiento era Juan de Yepes. Nací en Fontiveros hacia el año 1542.  Asistí a una escuela de niños pobres en Medina del Campo y allí empecé a aprender el oficio de tejedor, pero no tenía aptitudes. A los veintiún años, tomé el hábito en el convento de los carmelitas de Medina del Campo. Mi nombre de religión era Juan de San Matías. Fui ordenado sacerdote a los veinticinco años. Casi por aquella época me entrevisté por primera vez con mi querida Teresa Cepeda y Ahumada, ¡qué recuerdos! Ella estaba admirada por mi espíritu religioso... Fue ella quien me dijo que Dios me llamaba a santificarme en la orden de Nuestra Señora del Carmen. Fue así como, poco después, se fundó el primer convento de monjes carmelitas descalzos, en una ruinosa casa de Duruelo. Allí entré siguiendo la «Regla Primitiva» de San Alberto y tomé el nombre de Juan de la Cruz. Nuestra intención no era cambiar la orden o "modernizarla", como decís ahora, sino mas bien revitalizar su cometido original el cual se había relajado mucho. Dicen que mi ejemplo supo inspirar a los religiosos el espíritu de soledad y humildad. Pero Dios, que quería purificar mi corazón de toda debilidad y apego humanos, me sometió a las más severas pruebas interiores y exteriores. La prueba más terrible fue sin duda la de la desolación interior, que he descrito en "La Noche Oscura del Alma" [audiovisual]. Me sentía como abandonado por Dios. Pero la inundación de luz y amor divinos que sucedió a esta prueba, fue el premio de la paciencia con que la había soportado. Aún recuerdo cómo en 1571, Santa Teresa asumió el oficio de superiora en el convento no reformado de la Encarnación de Ávila y me llamó para que fuese su director espiritual y su confesor. Sin embargo, el provincial de Castilla me mandó que retornase al convento de Medina del Campo y me negué a ello. Me encerraron en una estrecha y oscura celda y me maltrataron increíblemente. (recuerda esos momentos y recita brevemente Cántico Espiritual):
¿En dónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

Me escapé en medio de la noche. En esos años, me dediqué a escribir las obras que han hecho de mí un doctor de teología mística en la Iglesia. En Andalucía pasé mis últimos años de vida. Recuerdo que siempre solía pedirle tres cosas a Dios: que no dejase pasar un solo día de mi vida sin enviarme sufrimientos, que no me dejase morir en el cargo de superior y que me permitiese morir en la humillación y el desprecio. Siempre pensé que la vocación de los descalzos era esencialmente contemplativa. Esto provocó gran oposición contra mí. Y después de la muerte de mi querida Teresa en 1582, se hizo cada vez más pronunciada la división entre los carmelitas descalzos. Tanto que en 1591 fui destituido de todos mis cargos. Durante mi viaje de vuelta a Segovia, caí enfermo y fui trasladado a Úbeda, donde morí la noche del 13 al 14 de diciembre. Mis restos fueron trasladados a Segovia, pues en dicho convento había sido superior por última vez. Fui canonizado en 1726. Y en 1926, la Iglesia me proclamó doctor por mis obras Místicas. Permitidme una última palabra, queridos peregrinos: hemos sido hechos para el amor. No penséis que el día de vuestra muerte os pasarán un examen complicadísimo, no... A la tarde os examinarán en el amor. No hay trabajo mejor ni más necesario que el amor. No lo olvidéis.


Plano de la distribución de los personajes

MATERIAL COMPLEMENTARIO Y BIBLIOGRAFÍA:
MOLAS, P. (et al.) (1998): Manual de Historia Moderna, Ariel Historia, Barcelona.
FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M. (1989): La sociedad española en el Siglo de Oro, Gredos, Madrid.
RÁBADE, M. P. (2005): "Ser judeoconverso en la Corona de Castilla en torno a 1492", Kalakorikos, 10, pp. 37-56.
SEBASTIÁN, J. A. (1999): "Del fuero al arrendamiento. Tenencia y explotación de la tierra en León entre la Edad Media y la Edad Moderna"Revista de Historia Económica. Journal of Iberian and Latin American Economic History, año 17, nº 2, pp. 305-341.
AUTORES: Miguel Ángel Pastor, @Manuelquangeius y Álvaro Fernández.